Epigramas: Ser, esa es la cuestión
Por: Antonio Enrique González Rojas
Así como para el poeta español Arroyal, según escribió en 1784, la forma poética conocida como epigrama cuenta con dos virtudes fundamentales, siendo la primera “un cierto retorno, ó juego de voces, que deleyten el oido; y la otra, que es la más principal, la brevedad, novedad, agudeza ó elevación del pensamiento, que sorprehenda gustosamente el ánimo (sic)”, igualmente la serie de obras de pequeño formato de Vladimir Rodríguez intituladas precisamente Epigramas, expuesta en áreas del cienfueguero Hotel La Unión, se caracterizan por alcanzar altas cotas de concisión filosófica y lucidez psicosocial, expresadas desde la más intensa síntesis gráfica. En estas piezas, los códigos visuales sustituyen cabalmente los recursos literarios , a la hora de estructurar un discurso preciso y profundo sobre conflictos tan señeros como los del ser humano con el prójimo y la sociedad.
Las piezas están concebidas como segmentos de una gran Idea que permite la infinita variación, Cada una adición que enriquece las respectivas cosmovisiones en perenne expansión. En los breves grabados sobre lienzo, la figura humana, apenas esbozada, se sublima en dúctil arquetipo del ser. Es expandida hasta alcanzar dimensiones de ideograma universal cuyas infinitas recombinaciones y multiplicaciones conciertan un idioma monádico real y efectivamente ecuménico, contentivo del origen de todas las manifestaciones linguísticas posibles, pues asume al homo sapiens como modelo cósmico, retomando el ideal representado por Leonardo da Vinci con su canónico Hombre de Vitruvio. Libre de efectismos y afeites formalistas, apela el artista a la insuperable efectividad semiótica de las grafías tan elementales como la propia figura antropomorfa, como son el cubo, la esfera, el círculo, el triángulo, la espiral, la escalera, la columna, que acorde la ley del eterno retorno, han sido revindicadas por la contemporánea poesía visual como signos comunicativos más efectivos que los grafemas específicos, frutos del desmembramiento de la Babel prístina.
Posibilidad, oportunidad, responsabilidad, unidad, inspiración, creación, libertad, esclavitud, compromiso, poder, riesgo, comunicación, individualidad, colectividad, evolución, reacción, revolución, dialéctica, rutina, conservación, ética, moral, triunfo, sacrificio, son algunas de las categorías, actitudes y aptitudes psicosociales significadas en este sistema de glifos de compleja sencillez, que calan con profundidad epistemológica en las relaciones humanas, consistentes en dos interacciones primordiales: ser-ser y sobre todo ser-comunidad; o expresado de una manera más compleja: individualidad-colectividad, donde la primera brega por mantener la autonomía de acción y pensamiento que define al ente pensante, consciente de si mismo, a salvo de la indeterminación masiva que supone una sujeción acrítica a irrebatibles arbitrios grupales, bajo pena de proscripción o muerte. Vladimir recurre a la diferencia, la otredad y el margen como sacros estigmas del librepensamiento auténtico, que conlleva una fidelidad a ultranza con la responsabilidad autoimpuesta por pura lucidez, desatándose otro conflicto palmario: pensamiento creativo-pensamiento mimético. En la otra cara de la moneda, la misma individualidad obtiene provechos de la masa sedentaria, mediocre, necesitada de un liderazgo que le de un propósito más allá de alimentarse, reproducirse, defecar y cultivar el ocio.
Tales y muchas más complejidades, que llevarían miles de páginas de razonamientos y argumentos a los intelectuales cultores de la palabra, consiguen ser resumidas en estos epigramas, cuyo innegable atractivo visual sin duda deleita los sentidos, para seguir con Arroyal, pero sobre todo, su “brevedad, novedad, agudeza” propician la indiscutible “elevación del pensamiento”.




















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