Por: Antonio
Enrique González Rojas
Me
gustaría saber que soy un héroe anónimo,
eso me
daría ánimos para entrar y venderme
como si
fuera una guitarra,
aunque
mientras voy y voy al matadero
Víctor
García Robles (Oh, Hamlet)
La
Patria, la
Nación, la
Nacionalidad, son algunas de las más insondables entelequias
a que se enfrenta un ser humano, dado que trascienden las muchas veces
insalvables fronteras de sus narices, desplazando al ego como absoluto axis mundi para finalmente delatar al
individuo como fracción (creativa, evolutiva y auténtica) de un sistema en
perenne y muy compleja dialéctica.
Si Patria es Humanidad, al decir de José
Martí, entonces la Patria
pudiera verse como una construcción humana arbitraria, ya sea íntima o social,
a veces consensuada, a veces muy secreta para compartirla con el prójimo, por
resultar infidente desafío a lo normado como patriotismo, nacionalismo,
nacionalidad en determinado momento histórico, donde cada ente pensante se
interroga sobre si perpetuar rígidamente
el legado fundacional o lo emplea como crisol para transmutar nuevas maneras,
formas y procesos que a la larga pudieran deformar (¡¿traicionar?!) hasta lo
irreconocible la herencia original. Deviene quizás la Nación un perpetuo
alumbramiento, una constante transfiguración a manos de cada persona que opta,
desde el inalienable derecho de la volición, por apropiarse, devorar y
metabolizar su entorno en un proceso de construcción-deconstrucción colectiva
que no se detiene.
La responsabilidad, la capacidad de elección
y el compromiso ético del ser con el contexto, lapsos casi ineludibles de este
proceso de aprehensión (¿epifanía?) de lo nacional como proyección del
individuo y viceversa, son constantes conceptuales en la obra personal de
Vladimir Rodríguez, que se subliman en la exposición personal Como si fuera una guitarra, donde el
artista sostiene un diálogo gráfico de alta carga lírico-simbólica con la
nación que lo engendró, que lo engendra cada día, como fruto sociocultural que
es en permanente modificación, en consustancial cuestionamiento de la matriz
patria.
Inaugurada en la Galería Mateo
Torriente, de la UNEAC
en Cienfuegos, los grabados en metal integrantes de la muestra, vienen a ilustrar
desde la nítida alegoría que resulta la muy hierática y viril Palma Real, como
encarnación visual de la médula esencial del país, el complejo ejercicio ético-intelectual
y casi místico de saberse uno mismo, individualidad integrante de esquemas que
lo trascienden y a la vez dependen de él. Es la Nación lo Uno y lo Todo a
lo que Martí se consagró (fusionó) en mortal sacerdocio (v. Porque cada palabra tiene historia), Es lo
imaginado y lo concreto. El camino transitado, por transitar y por trazar. Es
el Alfa, la Omega
y el Aleph.
Así, la Nación heredada, carga más pesada que lo alguna
vez elucubrado por el titán Atlas en su peor pesadilla (v. Hasta rendir montañas y amasar estrellas; Las piedras de luna indecisa; En la fertilidad crecía el tiempo; Como
el sueño de una semilla); resulta a su vez, como Nación proyectada, grácil
ilusión de niño, izada hasta el firmamento de lo (im)posible (v. De nítida fe), o bien muelle césped desde
el cual vislumbrar utopías y diluir horizontes (v. Tras el velo inconsútil del horizonte). También es válida
protección (v. Llevo a compraventa el
corazón) y recurso de salvamento (v. Sin
ahorrar ni siquiera el delirio) contra los hegemonismos endógenos y
exógenos, además de aguzado instrumento para escribir, defender (v. Como un poro del alma; The champions),
engendrar (v. El delgado suspiro de la
luz) y concebir a propia imagen y semejanza, el segmento de Historia que corresponde
a cada uno (v. Apaciento mi rebaño de
sueños).
Por otro lado, la Nación y la nacionalidad, ergo la Patria y el patriotismo,
tras un proceso evolutivo que del básico apego al espacio habitado resulta en
madura concepción sociocultural (v. Las
cosas que hicieron nuestra sangre), requiere expandirse hacia nuevos y
desconocidos estratos (v. En la dirección
correcta) en este mundo, donde se volatilizan todos los límites, todos los
cánones, para reconfigurarse en aún ignotos estados de ser, por senderos que no
comulgan precisamente con la muy básica línea recta, sino sugieren modelos tan
complejos como la espiral (v. Nutrir la
luz). Nación es, en gran medida, pensar, soñar y hacer (v. Mi rostro de multitudinaria virtud; Los
mundos sutiles; Se da salvaje la esperanza), no contentarse con lo pensado,
lo hecho y lo conjeturado por otros (v. No
hablar de lo prometido).
Consecuentemente con las concepciones manejadas,
en tanto la Nación
como plural unidad de diferencias y singularidades, Vladimir articula las
piezas de indiscutible autonomía semiótica, en un mayor esquema que en este
caso opta por la forma geográfica más comunmente empleada para simbolizar la Nación: la Isla de Cuba, sin pretender a
estas alturas que lo cubano y Cuba estén determinados por meras fronteras físicas.
Teleológica sin que la recurrencia
iconográfica la torne tautológica; filosófica a la par de emotiva, visceral y
poética, sin excluir lo lúdico, el ingenio y hasta lo ornamental, Como si fuera una guitarra vadea en todo
momento las llanezas pintoresquistas que en las grafías cubanas publicitarias,
propagandísticas y comerciales, enferman a la Palma Real y a muchos otros
símbolos y atributos criollos, delatando en su artífice un intenso sujeto pensante,
participante, fruto que reconoce en sí la idea del árbol futuro y las raíces de
los bosques ya desaparecidos.










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