Libertad y Responsabilidad son conceptos que hurtan el cuerpo a las nasas
teóricas donde los filósofos intentan capturarlos, y adicionarlos a sus rediles
cosmovisivos. Integrantes de la esfera arquetípica, a la cual el ser humano
accede tanto como lo permitan sus referentes y su círculo de influencias, la libertad de hacer y disponer, y la responsabilidad a priori y a posteriori ante
las infinitas cadenas de causa-efecto derivadas de sus acciones, dentro del complejo
entramado del Cosmos, determinan el futuro oculto tras el próximo minuto.
El
grado de autonomía, vista como ilusión de (inaprensible) libertad con que es
empleado el albedrío, condicionado a partir de la cultura y la psiqué, y por el grado de claridad con
que cada individuo avizora alcances de sus acciones, conociendo cuán listo está
para asumir las posibles consecuencias micro y macrocósmicas, es una de las
constantes filosóficas en la obra del artista de la Plástica Vladimir
Rodríguez (Perico, 1971). Repartida generalmente en series inacabadas, quizás
apenas comenzadas, tituladas Mutantes
y Empaques, piezas todas éstas de
exquisita factura, su impactante visualidad hace pensar, tras primera
recepción, en obra autosuficiente, concebida para presumir de talento artesanales
con la cerámica y el yeso, para deleite ególatra del artista y sensorial del
público.
Una
segunda interpretación, o mejor, una exhaustiva deconstrucción de los
significados subyacentes en cada propuesta, delata la vocación de auto sacrificio
del creador, quien entrega la pieza en holocausto semiótico al receptor, desafiándolo
a re-crearla totalmente desde su cosmovisión, única en lógica y sistema referencial,
para luego regurgitarla como algo nuevo, a su vez aprehendido, paralelamente o
en el futuro, por otras preceptivas, iniciando así un infinito e imprevisible
sendero de transmutaciones.
Precisamente,
este acto de percepción, interpretación y apropiación es súper objetivo de
Vladimir, quien, más allá de escultor de Mutantes
o instalador de Empaque 11 y Empaque 52, deviene articulador de happenings imprevisibles, o quizás vergonzosamente previsibles,
para pena de la consciencia indiferenciadamente social del ser humano.
Ante este sacrificio ritual, la presunta humildad del creador enmascara el
real y más difícil poder: el dominio sobre sí mismo, sobre las obras derivadas
de su mundo, de su ser. El hecho de estar consciente del pandemonio desatado
con cada propuesta; el hecho de aceptar la mutabilidad de la esencia prístina
existente antes, durante y después de tomar forma y significado momentáneos,
precedidos hasta el infinito por otras y otras transformaciones y estados,
marca lo denominado por él mismo como “equilibrio exacto entre modestia y
arrogancia”. Entregar(se) es un acto de responsabilidad y por ende, real
ejercicio de poder.
Nutrido su corpus
ideo-conceptual por las fuentes mitopoéticas más variadas, vadeado de antemano
todo sentimentalismo folklorista, aires pintorescos y tradicionalistas, el
artista asume los diferentes personajes (Minotauro, Tritón, Sirena, Güije,
Chichiricú, Osaín) en su dimensión simbólica, más allá del cariz
anecdótico-fabular más explícito en los patakíes, leyendas y mitos: Osaín no es
sólo el orisha tuerto, manco y cojo, agazapado en el monte profundo, sino
metáfora del perenne equilibrio de la Existencia, donde ganar implica una pérdida,
donde el robustecimiento de su sabiduría le costó la mutilación física, según
uno de los patakíes menos conocidos, cual Odín escandinavo que brindó un ojo a
cambio del Anillo Mágico.
El
Minotauro reinante en el altar de Empaque
11, deviene idolátrica encarnación del Poder en todas sus formas,
relaciones y equivalencias, también de la (in)consecuencia, la (ir)responsabilidad,
el (des)conocimiento. Este enviroment,
expuesto hace unos tres años en la
Galería de Luz y
Oficios en La Habana
Vieja, materializa la catedral subjetiva que todo ser humano
alza al Poder, credo con el que todos comulgamos con o sin conocimiento de causa,
definiendo en alto grado las relaciones, muchas veces travestido de Libertad. Esta última noción, demasiada
abstracta para ser concepto o estado, es el justificante para con uno mismo y
luego para con los demás, que cada ser humano esgrime al ejercer dominio sobre
su propio destino, sobre esferas vitales, cuya amplitud/heterogeneidad está
determinada por grados de Ambición y Responsabilidad.
Desprovisto
de las figuras criptozoológicas o humanoides más características, Empaque 52, también enviroment instalativo, uno de los indiscutibles hitos del VISUARTE
2009 en Cienfuegos, apela nuevamente a la Responsabilidad
sobre el albedrío ejercido, según sistemas de valores morales, cuya aprehensión
ligera permite la flexibilización circunstancial, suerte de maquiavelismo
íntimo.
La Nasa, estructura principal de
esta pieza, simboliza el cosmos donde los seres humanos transcurren. Las
pequeñas nasas contentivas de vida, simbolizada en toda su fragilidad por los
peces atrapados en estas otras esferas de sentido más limitado, contenidas en el contexto dentro del cual ocurre la
acción performática del propio público lanzado en su mayoría a salvar los
peces, los cuales van con las responsabilidades para su conservación a posteriori, pues el valor de salvar un
pez de segura muerte por inanición no reside en la acción de tomarlo, sino en
el sostenimiento de su vida.
Muchos
de los participantes en este happening,
desconocedores de su condición como sujetos artísticos y/o de experimentación
sociológica, rescataron peces y los llevaron consigo. Empaque 52 existe aún, ya fuera del enviroment-retablo donde ocurrió la comedia, en la prolongación de
estas acciones ¿Cuántos peces sobreviven? ¿Cuántos peces se convirtieron en
objeto de cuidado responsable por parte de sus salvadores?
Vladimir
Rodríguez cuestiona pilares sacros de la Condición Humana,
constantemente coloca espejos de arcilla, yeso, madera y otras materias ante las
personas. Consciente del rejuego dialéctico de poderes, condicionantes del
existir cotidiano e histórico, sus mutantes, empaques y otras series, son
reducidos a simples catalizadores de reacciones en el público, cuyas vidas
quizás dependan, en lo adelante, de la zancadilla creativa colocada al flujo
existencial, desviado entonces hacia cauces ignotos. Sabe el creador
matancero-cienfueguero que la perpetuación de su trabajo depende de la multiplicación
de la simiente, y que, adaptada, transformada y mutada, la obra inicial pervive
en la memoria de la energía nunca destruída, siempre evolucionada, mutada y
empacada en ella misma.



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