martes, 28 de enero de 2014

Vladimir Rodríguez: mutar en sí mismo (Antonio Enrique González Rojas.)





  Libertad y Responsabilidad son conceptos que hurtan el cuerpo a las nasas teóricas donde los filósofos intentan capturarlos, y adicionarlos a sus rediles cosmovisivos. Integrantes de la esfera arquetípica, a la cual el ser humano accede tanto como lo permitan sus referentes y su círculo de influencias, la libertad de hacer y disponer, y la responsabilidad a priori y a posteriori ante las infinitas cadenas de causa-efecto derivadas de sus acciones, dentro del complejo entramado del Cosmos, determinan el futuro oculto tras el próximo minuto.
  El grado de autonomía, vista como ilusión de (inaprensible) libertad con que es empleado el albedrío, condicionado a partir de la cultura y la psiqué, y por el grado de claridad con que cada individuo avizora alcances de sus acciones, conociendo cuán listo está para asumir las posibles consecuencias micro y macrocósmicas, es una de las constantes filosóficas en la obra del artista de la Plástica Vladimir Rodríguez (Perico, 1971). Repartida generalmente en series inacabadas, quizás apenas comenzadas, tituladas Mutantes y Empaques, piezas todas éstas de exquisita factura, su impactante visualidad hace pensar, tras primera recepción, en obra autosuficiente, concebida para presumir de talento artesanales con la cerámica y el yeso, para deleite ególatra del artista y sensorial del público.      
  Una segunda interpretación, o mejor, una exhaustiva deconstrucción de los significados subyacentes en cada propuesta, delata la vocación de auto sacrificio del creador, quien entrega la pieza en holocausto semiótico al receptor, desafiándolo a re-crearla totalmente desde su cosmovisión, única en lógica y sistema referencial, para luego regurgitarla como algo nuevo, a su vez aprehendido, paralelamente o en el futuro, por otras preceptivas, iniciando así un infinito e imprevisible sendero de transmutaciones.
  Precisamente, este acto de percepción, interpretación y apropiación es súper objetivo de Vladimir, quien, más allá de escultor de Mutantes o instalador de Empaque 11 y Empaque 52, deviene articulador de happenings imprevisibles, o quizás vergonzosamente previsibles, para pena de la consciencia indiferenciadamente social del ser humano.
  Ante este sacrificio ritual, la presunta humildad del creador enmascara el real y más difícil poder: el dominio sobre sí mismo, sobre las obras derivadas de su mundo, de su ser. El hecho de estar consciente del pandemonio desatado con cada propuesta; el hecho de aceptar la mutabilidad de la esencia prístina existente antes, durante y después de tomar forma y significado momentáneos, precedidos hasta el infinito por otras y otras transformaciones y estados, marca lo denominado por él mismo como “equilibrio exacto entre modestia y arrogancia”. Entregar(se) es un acto de responsabilidad y por ende, real ejercicio de poder.  
  Nutrido su corpus ideo-conceptual por las fuentes mitopoéticas más variadas, vadeado de antemano todo sentimentalismo folklorista, aires pintorescos y tradicionalistas, el artista asume los diferentes personajes (Minotauro, Tritón, Sirena, Güije, Chichiricú, Osaín) en su dimensión simbólica, más allá del cariz anecdótico-fabular más explícito en los patakíes, leyendas y mitos: Osaín no es sólo el orisha tuerto, manco y cojo, agazapado en el monte profundo, sino metáfora del perenne equilibrio de la Existencia, donde ganar implica una pérdida, donde el robustecimiento de su sabiduría le costó la mutilación física, según uno de los patakíes menos conocidos, cual Odín escandinavo que brindó un ojo a cambio del Anillo Mágico.
  El Minotauro reinante en el altar de Empaque 11, deviene idolátrica encarnación del Poder en todas sus formas, relaciones y equivalencias, también de la (in)consecuencia, la (ir)responsabilidad, el (des)conocimiento. Este enviroment, expuesto hace unos tres años en la Galería de Luz y Oficios en La Habana Vieja, materializa la catedral subjetiva que todo ser humano alza al Poder, credo con el que todos comulgamos con o sin conocimiento de causa, definiendo en alto grado las relaciones, muchas veces travestido de Libertad. Esta última noción, demasiada abstracta para ser concepto o estado, es el justificante para con uno mismo y luego para con los demás, que cada ser humano esgrime al ejercer dominio sobre su propio destino, sobre esferas vitales, cuya amplitud/heterogeneidad está determinada por grados de Ambición y Responsabilidad.   
  Desprovisto de las figuras criptozoológicas o humanoides más características, Empaque 52, también enviroment instalativo, uno de los indiscutibles hitos del VISUARTE 2009 en Cienfuegos, apela nuevamente a la Responsabilidad sobre el albedrío ejercido, según sistemas de valores morales, cuya aprehensión ligera permite la flexibilización circunstancial, suerte de maquiavelismo íntimo.
  La Nasa, estructura principal de esta pieza, simboliza el cosmos donde los seres humanos transcurren. Las pequeñas nasas contentivas de vida, simbolizada en toda su fragilidad por los peces atrapados en estas otras esferas de sentido más limitado, contenidas en el contexto dentro del cual ocurre la acción performática del propio público lanzado en su mayoría a salvar los peces, los cuales van con las responsabilidades para su conservación a posteriori, pues el valor de salvar un pez de segura muerte por inanición no reside en la acción de tomarlo, sino en el sostenimiento de su vida.
  Muchos de los participantes en este happening, desconocedores de su condición como sujetos artísticos y/o de experimentación sociológica, rescataron peces y los llevaron consigo. Empaque 52 existe aún, ya fuera del enviroment-retablo donde ocurrió la comedia, en la prolongación de estas acciones ¿Cuántos peces sobreviven? ¿Cuántos peces se convirtieron en objeto de cuidado responsable por parte de sus salvadores?
  Vladimir Rodríguez cuestiona pilares sacros de la Condición Humana, constantemente coloca espejos de arcilla, yeso, madera y otras materias ante las personas. Consciente del rejuego dialéctico de poderes, condicionantes del existir cotidiano e histórico, sus mutantes, empaques y otras series, son reducidos a simples catalizadores de reacciones en el público, cuyas vidas quizás dependan, en lo adelante, de la zancadilla creativa colocada al flujo existencial, desviado entonces hacia cauces ignotos. Sabe el creador matancero-cienfueguero que la perpetuación de su trabajo depende de la multiplicación de la simiente, y que, adaptada, transformada y mutada, la obra inicial pervive en la memoria de la energía nunca destruída, siempre evolucionada, mutada y empacada en ella misma.

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