Podría comenzar esta reseña con una
seudonoticia sensacionalista que dijera algo así: «El día primero de noviembre,
en la Casa Benito
Juárez se han descubierto restos fósiles de animales prehistóricos. La zona
donde se encuentra la galería transitoria, a la largo de la calle Mercaderes, se
halla intervenida arqueológicamente. Todos los interesados en observar la
excavación pueden asistir como espectadores hasta el 30 de diciembre». Aunque,
como ya adelanté, la noticia no es cierta, la exposición del artista Vladimir
Rodríguez Sánchez (Matanzas 1971), Bestiario particular, no dista mucho
de un simulacro y, efectivamente, estará expuesta durante los meses de
noviembre y diciembre en la mencionada galería.
Esta exposición forma parte de las
actividades organizadas con motivo del aniversario 23 de la Casa de México y la
celebración tradicional del Día de los Muertos, el dos de noviembre. La muestra
no solo guarda relación con la fecha en lo concerniente a la representación de
la muerte en los huesos desnudos, sino también en la referencia al mundo
mitológico de los antiguos habitantes de Mesoamérica.
Para colocarnos ante el acontecimiento,
vale ilustrar que la exposición está compuesta por cinco obras instalativas
creadas con el mismo procedimiento: imitaciones de osamentas fosilizadas
confeccionadas con polietileno, yeso, metal y cera. Estos elementos, que van
desde las pequeñas dimensiones hasta las casi colosales, se hayan dispuestos
entre arena para representar una escena arqueológica. El montaje es el elemento
más impactante de la exposición, porque se acerca a una puesta en escena donde
la teatralidad es un aspecto determinante, por su cercanía al simulacro. La
utilización de una iluminación dorada y envolvente, exige que la galería se
mantenga completamente cerrada y que solo se deje un lugar de tránsito,
cubierto con telas oscuras (lo que se llama comúnmente una caja de luz).
Una de las instalaciones lleva el nombre
y representa a Quetzalcóatl, héroe y dios mítico que es también conocido como
Serpiente Emplumada o el Lucero de la
Mañana, y al que se le tributó un culto común en las
diferentes civilizaciones mexicanas. Los mitos tienen la capacidad de
relacionar culturas y, en esta ocasión, dicha interrelación ha sido parte del
juego intelectual del artista, que selecciona otras criaturas para conformar su
bestiario individual. Saltan a la vista cíclopes de la Odisea homérica, Ibeyis del
panteón yoruba, unicornios medievales y unos híbridos del propio Vladimir, que
concretizan mejor que ninguna otra figura sus ideas filosóficas: los tres Homosabios.
Criaturas que traducen el profundo concepto por el que se ha regido el autor al
organizar esta muestra; una construcción de nuestros antepasados homínidos
definidos por la que es seguramente la capacidad humana más distintiva: la
sabiduría. Porque quizá el tema que nuclea este trabajo es precisamente el del
conocimiento, visto desde sus múltiples aristas: como contenido humano, como
tradición cultural, como proceso intelectual o modo de acercamiento al medio en
que nos desarrollamos. Y es en este último sentido en el que la propuesta de
Vladimir me parece un análisis de la realidad de forma amplia; donde se
presentan dos puntos de vista contrapuestos: la materialidad del hecho
científico verificable y positivista, y el hecho soñado o la imaginación que se
guarda como remanente de flujos culturales.
Se presentan los hallazgos tal cual las
normas más racionales de la ciencia los exponen; pero, en resumidas cuentas, se
trata de descubrimientos de héroes mitológicos o de animales cuya existencia
física no ha sido comprobada. Se habla así del mundo legendario individual, que
yace como cadáver en la memoria colectiva de una sociedad que lo sepulta para
refundarse en nuevos paradigmas culturales, nuevos héroes salidos de los best
sellers, la tv y los videojuegos. Vladimir desempolva la tradición del mito
y reclama su validez actual como componente de una práctica que tiene mucho de
humanismo y que por su universalidad puede ser reclamada indistintamente desde
cualquier punto del planeta.
Cada cual tiene sus monstruos
particulares y la realidad de las bestias personales es tan pasmosa como la de
los fósiles. Cada cual tiene derecho a crearse una historia.




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